Echando mano del cordón umbilical de la memoria escribo:
"LA NAVIDAD"
Cuando no existía “ El Corte Inglés” ni las
grandes superficies para dar, con demasiada anticipación y ansia consumista, el
pistoletazo de salida para la
Navidad , ese momento era el día de Santa Lucía, 13 de
Diciembre, cumpleaños de mi padre que él lo empezaba yendo a la Catedral y visitar a su
Santa en la capilla que allí tiene.
A partir de ese día en que en la Plaza de la Catedral se montaban las
paradas donde vendían toda clase de figuritas para el belén, pesebre o
nacimiento, oficialmente se había llegado a las fiestas de Navidad.
A no
mucho tardar había que ir a pasear, mirar, y comprar algo que pudiera faltar.
De figuritas pocas porque se guardaban con cuidado y como no había mucho
espacio para ampliar el belén, nos apañábamos con lo que teníamos…El “cagane”
siempre era el mismo pues no se pasaba por la cabeza de nadie inmortalizar al político o personaje público en semejante postura, así que íbamos mayormente a
ver y comprar, eso sí, una buena plancha de musgo fresco, húmedo, oloroso,
brillante…algún trozo de corcho para completar alguna montaña, unas ramas de
pino, unas ramas de acebo con su bolitas rojas y sus hojas pinchosas y no podía
faltar unas ramitas de muérdago con sus bayas blancas y talismán para la buena
suerte.
Así empezaban las fiestas. Mi padre que
entonces estaba de servicio en la calle, llegaba a casa con botellas de licores
y cava y turrones que a los guardias urbanos les ponían en los cruces ; una
estampa ya desaparecida a causa, mayormente, de los semáforos que son los que
regulan el tráfico endemoniado desde hace ya tiempo. Se llenaba el aparador de
botellas y turrones que mirábamos con ilusión, esperando la Nochebuena para meterle
mano.
Se montaba el Belén, se llenaba la casa
con espumillón, bolas y ramas de abeto encima de las puertas, cintas rojas y
cualquier adorno más, al gusto de quien las pusiera. Y el momento que mas
recuerdo era el sonido del sorteo de la lotería, a toda voz en la escalera, con
las puertas de los rellanos abiertas, sólo había la radio, ese era el mismo
sonido de todos los pisos y el eco rebotaba en la claraboya a pocos metros de
nosotros que vivíamos arriba.
Los niños ya teníamos vacaciones y éramos
muchos; el vecindario era como una gran familia sobretodo nuestro rellano. Los
piso abiertos, nosotros entrando y saliendo, ensayando villancicos para
cantarlos la Nochebuena
y coger el aguinaldo…
Años cincuenta, pasaron. Los sesenta de
otra forma fueron dándose. Ya éramos “zangandongos” y cantábamos rock y ye-ye.
Dimos paso a otra época, la adolescencia y nos gustaba más la “castañada” “fin
de año” o las verbenas de San Juan.



Otro relato que nos trae muchos pensamientos nostàlgicos , que ibamos olvidando !GRACIAS cuñà
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