sábado, 20 de diciembre de 2014

Echando mano del cordón umbilical de la memoria escribo:




"LA NAVIDAD"


    Cuando no existía “ El Corte Inglés” ni las grandes superficies para dar, con demasiada anticipación y ansia consumista, el pistoletazo de salida para la Navidad, ese momento era el día de Santa Lucía, 13 de Diciembre, cumpleaños de mi padre que él lo empezaba yendo a la Catedral y visitar a su Santa en la capilla que allí tiene.

    A partir de ese día en que en la Plaza de la Catedral se montaban las paradas donde vendían toda clase de figuritas para el belén, pesebre o nacimiento, oficialmente se había llegado a las fiestas de Navidad.

    A no mucho tardar había que ir a pasear, mirar, y comprar algo que pudiera faltar. De figuritas pocas porque se guardaban con cuidado y como no había mucho espacio para ampliar el belén, nos apañábamos con lo que teníamos…El “cagane” siempre era el mismo pues no se pasaba por la cabeza de nadie inmortalizar al político o personaje público en semejante postura, así que íbamos mayormente a ver y comprar, eso sí, una buena plancha de musgo fresco, húmedo, oloroso, brillante…algún trozo de corcho para completar alguna montaña, unas ramas de pino, unas ramas de acebo con su bolitas rojas y sus hojas pinchosas y no podía faltar unas ramitas de muérdago con sus bayas blancas y talismán  para la buena suerte.

      Así empezaban las fiestas. Mi padre que entonces estaba de servicio en la calle, llegaba a casa con botellas de licores y cava y turrones que a los guardias urbanos les ponían en los cruces ; una estampa ya desaparecida a causa, mayormente, de los semáforos que son los que regulan el tráfico endemoniado desde hace ya tiempo. Se llenaba el aparador de botellas y turrones que mirábamos con ilusión, esperando la Nochebuena para meterle mano.

       Se montaba el Belén, se llenaba la casa con espumillón, bolas y ramas de abeto encima de las puertas, cintas rojas y cualquier adorno más, al gusto de quien las pusiera. Y el momento que mas recuerdo era el sonido del sorteo de la lotería, a toda voz en la escalera, con las puertas de los rellanos abiertas, sólo había la radio, ese era el mismo sonido de todos los pisos y el eco rebotaba en la claraboya a pocos metros de nosotros que vivíamos arriba.

        Los niños ya teníamos vacaciones y éramos muchos; el vecindario era como una gran familia sobretodo nuestro rellano. Los piso abiertos, nosotros entrando y saliendo, ensayando villancicos para cantarlos la Nochebuena y coger el aguinaldo…

        Años cincuenta, pasaron. Los sesenta de otra forma fueron dándose. Ya éramos “zangandongos” y cantábamos rock y ye-ye. Dimos paso a otra época, la adolescencia y nos gustaba más la “castañada” “fin de año” o las verbenas de San Juan.






viernes, 12 de diciembre de 2014

La Madera

A la memoria de mi padre.




LA MADERA


 Mi padre me enseñó a amar la madera. El no lo supo. Yo me di cuenta muchos años después cuando él ya no estaba. Mi infancia estuvo rodeada de ella.

    Había sido marino. Estuvo embarcando en uno y otro barco haciendo de palero, fogonero, mecánico, diferentes tareas pero siempre embarcado, recorrió mares y puertos durante años.

    En el año 1940 con treinta y cinco años ingresó en la Guardia Urbana de Barcelona. Apuesto, con su uniforme azul, con el casco blanco clásico de entonces tipo salacot, en invierno un abrigo largo, capote le llamaban, el correaje blanco …Dejó la mar que siempre llevó en su memoria y en su corazón.




    El dinero era escaso, no daba para mucho y aunque seguramente nos lo contó, no se cómo se le ocurrió hacer un barco, una maqueta. En su familia había buenas manos de artesanos, eran sombrereros, estaban habituados a usar las manos con sabiduría y alma. Esa primera obra la vendió, le pidieron mas y durantes los siguientes quince años construyó doscientos cincuenta barcos de diferentes modelos.

    En aquel pequeño piso del popular barrio de Pueblo Seco, en una de las tres habitaciones, la más pequeña, se instaló “el cuarto de trabajar”.

     Cuando yo nací, el taller llevaba ocho años, en mi memoria está allí desde mis primeras vivencias. La habitación sería de unos siete u ocho m2, hago la cuenta de memoria por los mueble que luego hubo y que fue mi cuarto. Había una ventana que daba a la escalera, debajo de la ventana un banco de trabajo construido por él con maderas del carpintero que había a unos portales más allá del nuestro, el mismo que durante todo ese tiempo le suministraba la materia prima”LA MADERA

    Ese banco estaba lleno de tesoros, porque a las herramientas había que cuidarlas, algunas las podíamos coger, otras no, había que mimarlas: El martillo, el” martillico”,la gubia,el formón, las limas, la escofina, navajas, destornilladores, alicates, uno grande, otro “pequeñico”. En los cajoncitos de madera, toda clase de clavos, ojetes, alambres, horquillas. Todo tenía su valor y cometido. No se de dónde venían esa herramientas, si eran compradas quizás de segunda mano, quizás eran de la familia desde siempre…el  caso es que todas tenían los cantos romos, suaves, los mangos de madera pulidos, como de haber sido usadas mucho, como siendo cómplices de las posibles maravillas que con ellas de podían hacer.

     En la pared, colgadas de alcayatas, plantillas de cartón con formas diversas, de cubiertas, de cascos, de cuadernas, de los distintos modelos que hacía según la demanda. Primero fueron particulares por el boca a boca los que le hacían encargos. Luego por un marchante del “Pueblo Español” que le compraba todo.





    Cogía el taco de madera de unos setenta cm x25, marcaba con la plantilla correspondiente unas líneas y con la gubia y el martillo, pom pom pom…iba dando forma, comiendo aquí y alla, la proa, la popa, la panza, la quilla, y con sus dos manos acariciando la madera sabía si estaba dando la forma correcta, luego la escofina, las limas y al final la lija. Dejaba el taco de madera convertido en el casco de un barco que con ojo sabio y mirándolo desde varios puntos, daba el visto bueno a las formas. Estos cascos los solía pintar en verde hasta la línea de flotación y blanco hasta la borda, todo la arboladura iba de madera vista.

    Había otra forma de construir, era a base de cuadernas, el casco hueco, liviano.

    Cortando las cuadernas una a una con la segueta, con mucho cuidado, las montaba después sobre la quilla y aunque estaban separadas unas de otras, también al tacto de sus manos, con la escofina  y las limas quedaban a la espera de otro trabajo que llega a mis sentidos como si fuera hoy.
    Tiras de madera de haya de un cm. de anchas y diversos largos, unos clavos sin cabeza, diminutos, unos alicates pequeños y el fuego de la cocina de gas encendido…si, al fuego moldeaba las rectas tiras para adaptarlas a la forma del casco, a trozos para parecer reales; las iba sujetando con los clavos a cada cuaderna, poco a poco, lenta y cuidadosamente, el casco quedaba enteramente forrado y aquel olor a madera caliente, requemada, llenaba la casa y parte del rellano. Al llegar del colegio, ya sabíamos qué se estaba haciendo
.
    Después, el repaso con lima, lija y caricias con las manos, ojo preciso, ojo marinero, ojo de mar. Quizás al cerrar los ojos y acariciar el casco sentir sus formas, añoraba los viajes que quedaron atrás o aquellos que por estar con nosotros no quiso realizar.
-Mira “Palomica”, toca, verás que fino está.-
-Si papá, está muy suave y que bonito el dibujo.-
    Estos barcos forrados no los pintaba iban con un poco de barniz y cera, dejando así a la vista LA MADERA.




     Esto eran los cascos, pero había que hacer cientos de pequeñas piezas. Los palos, el de mesana, el trinquete, vergas de juanete, de sobrejuanete,el botalón, el bauprés, cofas, casetas, anclas, timones , motones, garruchas, cornamusas, obenques,vigotas, los botes salvavidas, las escalas…
    Nuestra madre colaboraba en la faena de casi todas las piezas pequeñas, se ve en la foto que eran muchas;  por la tarde, mientras cosía las velas, que también tienen su qué, oyendo en una radio antigua el consultorio de Elena Francis, por la noche a Boby Deglané y su Gran Caravana o a Pepe Iglesias “El Zorro” con sus personajes, todos alli reunidos echándonos unas risas…Ellos se quedaban hasta muy tarde.

    Había otra olor característica, la de la cola de carpintero. Aquellas  placas de color ámbar que troceaba con el martillo y lo metía en un artilugio, dos latas, una pequeña con la cola y otra mas grande para contener agua “al baño María”. El mango de madera con cuerdas, bien sujeto para que no resbalara, al calentarse olía eso, a cola.  Ese olor era el del montaje de tantas piezas . Cuando todo se colocaba en su sitio, con delicadeza, maestría y saber, quedaba esta maravilla que para nosotros tiene un valor incalculable y que mucha gente también ha valorado.

    En el año 58 se cerró el taller y se convirtió en mi cuarto. 
    En el año 75 ya jubilado volvió a construir. Fué un taller de quita y pon en su dormitorio, hizo todos de cuadernas, empezó por uno pequeño al que llamó "Pinky" que es como llamaban a su nieta Cristina.  Luego siguió con otros.  El señor Marco, el marchante del " Pueblo Español"
volvió a comprarle y también muchos encargos de particulares.  Aquí en Granada en mi casa , donde pasaron los últimos años, siguió. En esta segunda etapa construyó unos ochenta barcos más.  El último lo tengo yo, era el mes de junio, no quiso esperar a que yo le hiciera las velas en mis vacaciones, me dijo que para esa fecha el ya no estaría... el día 17 de agosto se  fue. 

    Al cabo de unos años, tocando los cincuenta, cuando él ya no estaba, di con un taller de pintura, que era lo que estaba buscando, y allí también había restauración de muebles. Yo iba a la pintura, y me quedé en los dos.

    Cuando cogí una cuchilla y empecé a rascar un mueble viejo, lleno de capas de pintura y aparecían las vetas de una madera que estaba oculta, cuando lijas y acaricias esa pieza, sientes que algo sucede en las manos y en el alma.

Cuando ya está limpia, se prepara con poca cosa, nada de barnices duraderos y cubrientes, poco mas que una suave mano de goma laca o incluso sólo cera o alguna pátina suave para dar algún relieve. Es como dar vida a una cosa en muchos casos abandonada, que merece ser acariciada porque está viva. Porque aunque fue arrancada del suelo no se sabe cuánto, ELLA  HABLA.

     ASI LO SIENTO.