A la memoria de mi padre.
LA MADERA
Mi padre me enseñó a
amar la madera. El no lo supo. Yo me di cuenta muchos años después cuando él ya
no estaba. Mi infancia estuvo rodeada de ella.
Había sido marino.
Estuvo embarcando en uno y otro barco haciendo de palero, fogonero, mecánico,
diferentes tareas pero siempre embarcado, recorrió mares y puertos durante
años.
En el año 1940 con
treinta y cinco años ingresó en la Guardia
Urbana de Barcelona. Apuesto, con su uniforme azul, con el
casco blanco clásico de entonces tipo salacot, en invierno un abrigo largo,
capote le llamaban, el correaje blanco …Dejó la mar que siempre llevó en su
memoria y en su corazón.
El dinero era
escaso, no daba para mucho y aunque seguramente nos lo contó, no se cómo se le
ocurrió hacer un barco, una maqueta. En su familia había buenas manos de
artesanos, eran sombrereros, estaban habituados a usar las manos con sabiduría
y alma. Esa primera obra la vendió, le pidieron mas y durantes los siguientes
quince años construyó doscientos cincuenta barcos de diferentes modelos.
En aquel pequeño
piso del popular barrio de Pueblo Seco, en una de las tres habitaciones, la más
pequeña, se instaló “el cuarto de trabajar”.
Cuando yo nací,
el taller llevaba ocho años, en mi memoria está allí desde mis primeras
vivencias. La habitación sería de unos siete u ocho m2, hago la cuenta de
memoria por los mueble que luego hubo y que fue mi cuarto. Había una ventana
que daba a la escalera, debajo de la ventana un banco de trabajo construido por
él con maderas del carpintero que había a unos portales más allá del nuestro,
el mismo que durante todo ese tiempo le suministraba la materia prima”LA MADERA”
Ese banco estaba
lleno de tesoros, porque a las herramientas había que cuidarlas, algunas las
podíamos coger, otras no, había que mimarlas: El martillo, el” martillico”,la
gubia,el formón, las limas, la escofina, navajas, destornilladores, alicates,
uno grande, otro “pequeñico”. En los cajoncitos de madera, toda clase de
clavos, ojetes, alambres, horquillas. Todo tenía su valor y cometido. No se de
dónde venían esa herramientas, si eran compradas quizás de segunda mano, quizás
eran de la familia desde siempre…el caso
es que todas tenían los cantos romos, suaves, los mangos de madera pulidos,
como de haber sido usadas mucho, como siendo cómplices de las posibles
maravillas que con ellas de podían hacer.
En la pared,
colgadas de alcayatas, plantillas de cartón con formas diversas, de cubiertas,
de cascos, de cuadernas, de los distintos modelos que hacía según la demanda.
Primero fueron particulares por el boca a boca los que le hacían encargos.
Luego por un marchante del “Pueblo Español” que le compraba todo.
Cogía el taco de
madera de unos setenta cm x25, marcaba con la plantilla correspondiente unas
líneas y con la gubia y el martillo, pom pom pom…iba dando forma, comiendo aquí
y alla, la proa, la popa, la panza, la quilla, y con sus dos manos acariciando
la madera sabía si estaba dando la forma correcta, luego la escofina, las limas
y al final la lija. Dejaba el taco de madera convertido en el casco de un barco
que con ojo sabio y mirándolo desde varios puntos, daba el visto bueno a las
formas. Estos cascos los solía pintar en verde hasta la línea de flotación y blanco hasta la borda, todo la arboladura iba de madera vista.
Había otra forma
de construir, era a base de cuadernas, el casco hueco, liviano.
Cortando las
cuadernas una a una con la segueta, con mucho cuidado, las montaba después
sobre la quilla y aunque estaban separadas unas de otras, también al tacto de
sus manos, con la escofina y las limas quedaban
a la espera de otro trabajo que llega a mis sentidos como si fuera hoy.
Tiras de madera de
haya de un cm. de anchas y diversos largos, unos clavos sin cabeza, diminutos,
unos alicates pequeños y el fuego de la cocina de gas encendido…si, al fuego
moldeaba las rectas tiras para adaptarlas a la forma del casco, a trozos para
parecer reales; las iba sujetando con los clavos a cada cuaderna, poco a poco,
lenta y cuidadosamente, el casco quedaba enteramente forrado y aquel olor a
madera caliente, requemada, llenaba la casa y parte del rellano. Al llegar del
colegio, ya sabíamos qué se estaba haciendo
.
Después, el repaso
con lima, lija y caricias con las manos, ojo preciso, ojo marinero, ojo de mar.
Quizás al cerrar los ojos y acariciar el casco sentir sus formas, añoraba los
viajes que quedaron atrás o aquellos que por estar con nosotros no quiso
realizar.
-Mira “Palomica”, toca, verás que fino está.-
-Si papá, está muy suave y que bonito el dibujo.-
Estos barcos
forrados no los pintaba iban con un poco de barniz y cera, dejando así a la
vista LA MADERA.
Esto eran los
cascos, pero había que hacer cientos de pequeñas piezas. Los palos, el de
mesana, el trinquete, vergas de juanete, de sobrejuanete,el botalón, el
bauprés, cofas, casetas, anclas, timones , motones, garruchas, cornamusas,
obenques,vigotas, los botes salvavidas, las escalas…
Nuestra madre
colaboraba en la faena de casi todas las piezas pequeñas, se ve en la foto que eran muchas; por la tarde, mientras cosía
las velas, que también tienen su qué, oyendo en una radio antigua el
consultorio de Elena Francis, por la noche a Boby Deglané y su Gran Caravana o
a Pepe Iglesias “El Zorro” con sus personajes, todos alli reunidos echándonos
unas risas…Ellos se quedaban hasta muy tarde.
Había otra olor
característica, la de la cola de carpintero. Aquellas placas de color ámbar que troceaba con el
martillo y lo metía en un artilugio, dos latas, una pequeña con la cola y otra
mas grande para contener agua “al baño María”. El mango de madera con cuerdas,
bien sujeto para que no resbalara, al calentarse olía eso, a cola. Ese olor era el del montaje de tantas piezas
. Cuando todo se colocaba en su sitio, con delicadeza, maestría y saber,
quedaba esta maravilla que para nosotros tiene un valor incalculable y que
mucha gente también ha valorado.
En el año 58 se cerró el taller y se convirtió en mi cuarto.
En el año 75 ya jubilado volvió a construir. Fué un taller de quita y pon en su dormitorio, hizo todos de cuadernas, empezó por uno pequeño al que llamó "Pinky" que es como llamaban a su nieta Cristina. Luego siguió con otros. El señor Marco, el marchante del " Pueblo Español"
volvió a comprarle y también muchos encargos de particulares. Aquí en Granada en mi casa , donde pasaron los últimos años, siguió. En esta segunda etapa construyó unos ochenta barcos más. El último lo tengo yo, era el mes de junio, no quiso esperar a que yo le hiciera las velas en mis vacaciones, me dijo que para esa fecha el ya no estaría... el día 17 de agosto se fue.
Al cabo de unos años, tocando los cincuenta, cuando él ya no estaba, di con un taller de
pintura, que era lo que estaba buscando, y allí también había restauración de
muebles. Yo iba a la pintura, y me quedé en los dos.
Cuando cogí una
cuchilla y empecé a rascar un mueble viejo, lleno de capas de pintura y aparecían
las vetas de una madera que estaba oculta, cuando lijas y acaricias esa pieza,
sientes que algo sucede en las manos y en el alma.
Cuando ya está
limpia, se prepara con poca cosa, nada de barnices duraderos y cubrientes, poco
mas que una suave mano de goma laca o incluso sólo cera o alguna pátina suave
para dar algún relieve. Es como dar vida a una cosa en muchos casos abandonada,
que merece ser acariciada porque está viva. Porque aunque fue arrancada del
suelo no se sabe cuánto, ELLA HABLA.
ASI LO SIENTO.